En palabras del gran historiador del budo, “El kata no es una manifestación del razonamiento lógico, dentro de ellos hay algo más que la mayoría de los karatekas occidentales nunca llegarán a sentir”. A través del kata, un instructor debidamente enseñado puede explicar a sus alumnos los puntos básicos del karate, al tiempo que su filosofía en su fundamento. Todo este conjunto de cosas hace del karate un sistema que es mucho más que una fórmula de romper ladrillos, pegar a la gente, o ser un Superman….Lo ensalza a la categoría de un camino de vida para aquellas personas que realmente lo entienden y aman. El karate no son federaciones ni asociaciones, campeonatos o exámenes. El karate es la persona que lo practica con devoción y sacrificio. Algo muy personal del individuo, aunque nuestra sociedad se ha empeñado en hacerlo algo de todos, y que todos por desgracia juzgan.
Este artículo trata de la compleja e importante naturaleza del “kime” en las técnicas de karate.
Existe un antiguo proverbio que dice: “Un hombre debe ser primero el maestro de su propia casa antes de llegar a ser el maestro de otras”. Esta afirmación no tiene nada que ver con las casas materiales en las que todos vivimos, sino que se refiere a nuestras “casas internas”. Da a entender la idea de que la mayoría de nosotros estamos gobernados por los deseos particulares de una parte de nuestro cuerpo, el cerebro, mientras que muy pocas personas dejan que el “yo” controle la existencia.
Es aquí cuando uno se empieza a preguntar, especialmente el neófito, qué tiene que ver esto con las artes marciales. La mejor forma de relacionar el proverbio antes mencionado con las ideas posteriormente expuestas es utilizando una situación de la que fui testigo hace aproximadamente seis años.
Nos encontrábamos en el descanso de uno de los muchos campeonatos en los que el maestro Nishiyama era el juez principal. Junto con un grupo de instructores asistentes, el maestro Nishiyama se disponía a ofrecer una demostración contra un asaltante portando armas. Cuando el grupo de asistentes rodearon al maestro, sacaron de sus karategis todo tipo de armas: cuchillos, palos, cadenas, etc…. El maestro Nishiyama se defendió con certeza y éxito de los agresores…, hasta que tan solo quedaron dos. Ambos estaban armados con verdaderos cuchillos, afilados al máximo. Rápidamente el hombre que se encontraba a las espaldas de Nishiyama atacó, pasando el cuchillo de una mano a otra para engañar a su víctima. Cuando se acercó, el cuchillo produjo un destello de luz en su camino a la garganta del maestro, y cuando iba a conectar con el blanco fue desviado. El agresor recibió una potente patada en el estómago que le lanzó por los aires. Según el agresor, “viajaba” por el aire; era aparente el hecho de que, aún con el arma en la mano, podía caer sobre ella, produciéndose heridas graves. Simultáneamente, el segundo agresor, sin darse cuenta de lo que iba a suceder, vio un “hueco” y atacó a Nishiyama con su cuchillo. El maestro Nishiyama, consciente de que el primer agresor iba a aterrizar sobre el cuchillo, controló el cuerpo y le guió por el aire para que esto no ocurriera. Un lateral de su cuerpo estaba al descubierto, y el segundo agresor tomó partido de ello atacando de forma brutal y deteniendo el cuchillo justo cuando la punta del mismo tocaba el “gi”. El maestro Nishiyama estuvo alerta y vio las dos diferentes situaciones, tomando una elección en décimas de segundo. Nishiyama sonrió y saludó al segundo agresor, quien igualmente era consciente del peligro de su compañero. Sonrió igualmente y saludó al maestro Nishiyama. Ambos habían “comprendido el momento” y los dos sabían que en una situación de “vida o muerte” las cosas habrían sido distintas.
Para quien pudo presenciar esto, era evidente que el maestro Nishiyama tenía su casa en orden. Había demostrado un completo control y una importante carencia de ego. A muchos karatekas del mundo les gustaría emular al maestro Nishiyama por sus acciones dentro y fuera del tatami. El problema es que la mayoría no sabe cómo hacerlo. No conocen la forma de traer orden y disciplina a su propia casa. Este desarrollo del orden y de la autodisciplina es uno de los beneficios inherentes del estudio de las artes marciales, y particularmente en karate, el sendero hacia el conocimiento de uno mismo comienza con el entendimiento del kata.
En el desarrollo y evolución de cualquier arte, es mejor trabajar con aquello que es familiar cuando uno trata de incorporar nuevas técnicas o ideas. Durante una de sus conferencias en los campeonatos especiales de entrenamiento JKA en el año 1974, el maestro Nakayama afirmó que los movimientos del kata “heian shodan” servían perfectamente y estaban diseñados para este fin. El estudiante, según progresa en el entrenamiento, puede volver a este kata básico e incorporar su conocimiento recién adquirido en los movimientos básicos. En el kata la primera posición se denomina “hachiji dachi”, piernas separadas, puntas de los pies mirando hacia fuera, etc…. En esta postura de preparación el estudiante deberá estar relajado y tranquilo, con su concentración puesta en el “tándem”. La respiración debe ser, igualmente, relajada. El alumno tendrá que ser consciente de que se está defendiendo contra cuatro oponentes y que todos los movimientos dependen de este factor.
El maestro Nakayama afirma: “Es de vital importancia permanecer tranquilo y relajado mientras se espera el ataque”. Cuando se ejecuta “la patada imaginaria”, los músculos del abdomen comienzan a tensarse, mientras que el resto del cuerpo permanece relajado y fluye a lo largo de un movimiento llamado “gedan barai”. En el momento en que el objetivo es bloqueado, los músculos de los brazos y las piernas deben contraerse, mientras que la tensión de los del estómago alcanza su cota máxima. Esta tensión (kime) permite que tu energía cinética se transfiera al miembro del oponente, anulando su ataque y alterando su equilibrio de forma que quede vulnerable a nuestro ataque. Cuando se empieza a efectuar el oi tsuki en contraataque, los músculos más grandes del cuerpo deberán relajarse mientras que aún persiste una ligera tensión en la parte central del abdomen. En el desplazamiento hay que usar la pierna adelantada para que tire del resto del cuerpo, y la pierna atrasada para que empuje en la primera mitad de la acción. A mitad del camino se han de encontrar las dos piernas, pasando el peso de la primera a la segunda y alterando su acción de “tirón-empuje”. En el justo momento del impacto con el blanco, los músculos se contraen nuevamente por una fracción de segundo. En la finalización del movimiento, mantén la forma en el golpe y deja que el cuerpo regrese a un estado de alerta relajada. Existe una pausa de tres segundos antes de que comience el movimiento siguiente.
Debido a que los miembros están estirados, tendrán que recogerse hacia el cuerpo mientras que el estudiante mira por encima de su hombro, ve el ataque siguiente, y manteniendo la relajación se gira y ejecuta un bloqueo descendente, tensando los músculos tan solo en el momento del impacto. Cada movimiento del kata deberá ser practicado de esta manera hasta que el estudiante pueda fluir de forma natural y suave desde un punto de relajación total a otro de dureza y contracción…, sin romper el ritmo y fluir del kata ejecutado. Todos los movimientos del kata y el uso correcto de los músculos deberán ser practicados hasta que el estudiante los ejecute sin pensar…, de forma natural.
El estudiante deberá ser capaz de expandir y contraer su cuerpo en perfecta armonía, puesto que es esta armonía de movimiento la que permitirá al karateka desarrollar velocidad y potencia en sus acciones. Como se ha afirmado con anterioridad, esto no es fácil, requiere muchas horas… y hasta años el dominar y controlar los músculos del cuerpo, pero con un entrenamiento adecuado y dedicación se obtendrá.
Esta autodisciplina podrá abrir las puertas internas de la consciencia, lo que repercutirá en la personalidad del practicante, haciendo de él una mejor persona y un alumno con un mayor entendimiento de sí mismo y del mundo que le rodea.
José Aguilar
Revista Cinturón Negro, año III – N.°22






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