
Aun cuando vuestro estilo no sea el karate, este artículo también es para vosotros. El autor, joven maestro experto en kata, traductor y alumno del gran Hirokazu Kanazawa, nos propone una reflexión acerca del entrenamiento de los kata en karate.
A pesar de las transformaciones o evoluciones, como queramos llamarlas, que han sufrido a lo largo de los años, los kata, o concatenación de movimientos de combate preestablecidos, son sin duda alguna la aportación más destacada con que la tradición nos ha obsequiado. A través de su entrenamiento hemos podido repetir las sensaciones y vivencias de los antiguos maestros. Cada uno lleva inscrito un mensaje secreto que solo la sensibilidad y los años de entrenamiento nos permitirán al fin desentrañar.
El presente artículo tiene como finalidad ofrecer una reflexión a los practicantes de karate-do sobre la importancia de la práctica del kata, como un elemento fundamental en el progreso de dicho arte marcial, si lo consideramos como tal.
Me gustaría empezar por separar el concepto de “arte marcial” del concepto “deporte”. En su concepción etimológica “marcial”, que proviene del latín “martialis”, hace referencia a Marte, el dios de la guerra. No voy a extenderme en los posibles malentendidos inherentes de la palabra “marcial”, como es el que puede pensarse restringido exclusivamente a los profesionales de la guerra, es decir, a los militares. El concepto de “deporte” se refiere a aquella actividad física ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas.
Ahora bien, partiendo de esta separación de conceptos, voy a enfocar el significado que tiene para mí el ejercicio del kata dentro de la concepción marcial, ya que aunque su efecto deportivo lo considero positivo para el desarrollo y la divulgación del karate-do, no es justo limitar este arte marcial, convirtiéndolo exclusivamente en un mero conjunto de reglas, normas y formulaciones competitivas, antes bien, utilizar estas como un medio para dar a conocer este “arte”, motivando a un tiempo a nuestros practicantes más jóvenes a ganar seguridad en sí mismos, a conocer a otros practicantes y así poder tomar referencias respecto al trabajo que se realiza en distintos dojos.
Conceptualmente, entendemos el “kata” como una representación formal de un combate imaginario contra distintos adversarios. Hasta este punto espero estar de acuerdo con la mayoría de los artistas marciales. Las diferencias pueden surgir a la hora de entender, entrenar y ejecutar este conjunto de defensas y ataques.
Podemos decir que el karate-do está compuesto por tres pilares fundamentales que, entrenados por separado, podrían parecer que no tienen nada en común, pero que un análisis más profunda nos revela que son como las patas de una silla y que forman un conjunto inseparable, en el que debemos buscar un equilibrio para progresar en nuestro arte. Estos pilares son el trabajo de kihon, el de kumite y el de kata.
En este artículo vamos a centrarnos en el trabajo de kata, aunque debemos dar el mismo peso a cada uno de los tres pilares.
Cuando trabajamos un kata debemos distinguir tres fases:
Aprendizaje
Hay autores que sostienen que existe un método mejor que otro para afrontar este primer paso. Tal vez exista un método idóneo para aprender correctamente un kata, no es mi intención en este trabajo rebatir o proponer un método específico de cómo enseñar un kata, sino más bien ahondar en las posibilidades que ofrece su práctica.
Es labor de cada instructor el informarse de los distintos métodos y transmitir su propia visión de lo que es para él un kata, así como de encontrar su personal modo de enseñarlo a sus alumnos de la mejor manera posible. Sin embargo, no puedo dejar de señalar la importante relación que existe en esta fase del aprendizaje con el gran pilar y fundamento del karate que es el kihon.
Generalmente, cuando aprendemos kata, lo único que hacemos es repetir movimientos sin fijarnos en otra cosa que en adquirir la suficiente capacidad psicomotriz para asimilar esta especie de “danza” llena de matices que nos acaban de enseñar. Pero debemos tener cuidado en los conceptos, ya que en realidad es obligación de los instructores transmitir constantemente la idea de que aprender un kata no es repetir una serie de movimientos, sino un conjunto de técnicas concatenadas, es decir, kihon. Es absolutamente distinto entrenar los kata como una sucesión de movimientos de brazo o pierna, o como una serie de técnicas específicas relacionadas unas con otras, con la conciencia alerta y puesta en hacer una buena defensa o un buen ataque, buscando efectuar la mejor técnica posible en la ejecución de cada uno de los movimientos. De esta manera, y adelantando lo que será la siguiente fase, conseguiremos “sentir” cada uno de los movimientos, así como sus aplicaciones. Es más, con el tiempo llegaremos a que cada técnica sea “algo interno”. Es decir, con la adecuada actitud mental que da el entrenamiento, lograremos integrar e involucrar cada célula, órgano y tejido de nuestro organismo en el movimiento o técnica kihon que estemos desarrollando.
Fase del desarrollo
Una vez que hemos aprendido el recorrido correcto del kata “embusen” y las distintas técnicas que lo componen, pasamos a una fase que suele durar mucho más tiempo y es aquella que se refiere al desarrollo y perfeccionamiento del kata.
Debemos ser conscientes de que el karate-do es un camino de perfeccionamiento continuo, tanto de la técnica como de los aspectos que forjan el carácter y la personalidad de cada individuo. Por lo tanto, aunque en esta fase el punto más importante sea perfeccionar nuestra ejecución del kata, debemos tener siempre en mente la actitud del constante perfeccionamiento, de forma que cuando estemos entrenando un kata básico, como puede ser un heian o pinan, podamos, trabajando con esta actitud abierta, aprender a mejorar día a día, tanto en nuestra técnica como en nuestra vida cotidiana.
Un error básico que muchos artistas marciales hemos vivido es el de infravalorar el trabajo de los kata básicos, pensando erróneamente en trabajar aquel que acabamos de aprender y que es una forma superior, sin darnos cuenta que en los básicos está la clave y el fundamento en el que se asienta el estilo propio de cada escuela, shotokan, shito-ryu, goju-ryu, etc.
En esta fase, un artista marcial puede acabar sus días de práctica activa, ya que es muy difícil llegar a alcanzar un dominio absoluto de todos los kata y solamente unos cuantos escogidos podrán hacerlo, mientras que el resto de los mortales debemos seguir trabajando con ilusión todos los días, mejorando y aprendiendo de otros compañeros. Sin embargo, es en esta fase cuando la ejecución de un kata puede dar un salto cualitativo en nuestra evolución personal, porque nos damos cuenta de que no tenemos que pensar en los movimientos, sino que fluyen y percibimos que poco a poco uno lleva naturalmente al siguiente.
Podemos entonces estudiar un poco más profundamente la filosofía y el mensaje oculto que encierra cada kata en su interior, así como sus “aplicaciones” o “bunkai”, con lo que nuestro entendimiento y comprensión del kata se eleva considerablemente.
El bunkai es uno de los aspectos más descuidados a pesar de su gran importancia en el conjunto y la evolución de la comprensión, tanto de los estudiantes como de los instructores. El bunkai enriquece nuestro karate-do, lo dota de sentido y lo eleva por encima de la mera danza.
No existe un solo bunkai para cada kata. Cada estilo tiene más de un bunkai. Son interpretaciones de los kata y existen muchas posibilidades, pues en general los kata encierran una gran riqueza. Soy de la opinión de no caer en la tentación de inventar aplicaciones y antes bien, soy partidario de aprender de los distintos maestros, forjando con los años nuestra propia visión de la aplicación, aquella que más se adapte a nuestras características.
Existen bunkai muy centrados exclusivamente en bloqueos y ataques, pero existen también otras interpretaciones en que se incluyen proyecciones, luxaciones y trabajo con armas tradicionales. Estas lecturas tienen la ventaja de acercarnos lentamente a otras artes marciales, como puede ser el jiu jitsu, el kobudo, etc…. Y así podremos enriquecernos al comprender los profundos lazos de unión existentes entre las distintas disciplinas marciales.
Es en esta fase donde podemos hacer un vínculo con otro de los pilares fundamentales del karate-do, ya que al practicar los bunkai, lo que estamos haciendo son ejercicios de yakusoku kumite. Es decir, estamos entrenando una forma de perfeccionar el combate.
Podemos decir que esta fase es una de las más bellas, especialmente en el caso de que seamos alumnos occidentales, pues nos cuesta entregarnos a esa primera etapa del entrenamiento en la que, sin entender el motivo, debemos realizar infinidad de repeticiones, tanto de técnicas como de kata, sin aparente razón. Es ahora cuando empezamos a vislumbrar lo que hay detrás de todo ese trabajo, detrás de ese sudor que hemos dejado en el tatami. Nosotros mismos vemos cómo las técnicas empiezan a desarrollar kime (intensidad, concentración de energía), paladeamos por primera vez el equilibrio y el placer de trabajar a la máxima potencia. Empieza a hacerse notar una presencia de ánimo, un ritmo y una contundencia que, en definitiva, da sentido a esa serie de “movimientos gimnásticos” que hacíamos durante las primeras repeticiones de los kata. Ahora, virtud a nuestro esfuerzo y perseverancia, se han convertido en aquello que veíamos ejecutar con admiración a nuestros cinturones superiores, aquello que anhelábamos alcanzar.
Es siempre positiva la referencia de los cinturones de más grado, pero no es correcto enfocar nuestro entrenamiento con la idea de adaptar nuestro karate-do al de otras personas, ya que como dije al principio, el karate-do es un camino de desarrollo personal y no debe ser el resultado de la copia de otros artistas.
Desde el punto de vista de los instructores, es en esta fase donde tenemos que motivar a nuestros alumnos para que puedan descubrir por sí mismos lo que significa practicar un arte marcial.
Excelencia y dominio del kata
Este es un punto en el que no puedo extenderme ya que solo corresponde a los grandes maestros, de los cuales, como en todos los estilos, hay solo unos pocos. Es a ellos a los que debemos remitirnos para resolver dudas y preguntar por el camino a seguir en nuestro avance.
Es en esta fase donde vemos la esencia del karate-do a través de los grandes especialistas, al ver tanto una técnica perfecta, como una potencia y un equilibrio tal, que nos permite fácilmente visualizar cómo se está realizando un combate real contra oponentes imaginarios.
Sin duda es esencial en nuestro esfuerzo por alcanzar tal dominio, el perseverar y el entrenar con entrega y con ilusión. En las artes marciales, como en la vida, existen momentos de euforia y otros de tristeza o desánimo. La desgana, la duda sobre nuestro progreso, nos acorrala a veces. Muchos son los que abandonan y generalmente al hacerlo entran en una fase autodestructiva. Es en estos momentos donde hay que superarse y si somos capaces de seguir trabajando, podemos decir que de hecho habremos avanzado a pasos agigantados hacia este último nivel. La excelencia es hija de la comprensión y de la perseverancia.
El trabajo de kata es de vital importancia para el desarrollo del karate-do como arte marcial, ya que engloba en la fase de aprendizaje, tanto el trabajo de técnicas fundamentales, como una forma de desarrollar el combate a través de la práctica de los bunkai. Por lo tanto, es el nexo de unión de los tres pilares en los que se asienta el karate-do.
Jesús A. Fernández
Revista Cinturón Negro, año IX – N.°94
Un comentario
Dento Dojo
28 septiembre, 2011, a las 1:02 (UTC -4)
¿Sabías que…?
Los kata, “forma” o “encadenamiento” se practican prácticamente en todas las artes marciales tradicionales. En coreano se llaman hyong o poomse, según sean practicados por una u otra federación. En vietnamita thao quyen, quyen o song luyen. En indonesio juru. También llamados kahô en Japón, son combates virtuales, imaginados en la mente del practicante, contra adversarios que pueden variar en número.
Lo esencial en la práctica de los kata es la corrección de las técnicas; la correcta concatenación de los movimientos en líneas energéticas, que normalmente tienen puntos álgidos de descargar, habitualmente acompañados de kiai (grito de descarga de energía); la concentración, generalmente constatada en la mirada del ejecutante; el sentido general armónico de los movimientos, utilizando para ello los adecuados niveles de esfuerzo y relajación, manifestado usualmente en el control respiratorio.
Podemos concluir que la práctica de los kata aúnan por todo ello forma y contenido. Sus raíces, tal y como se entienden hoy en día, están extremadamente imbuidas del espíritu oriental, que considera que no hay separación entre forma y contenido, entre sujeto y objeto. El culto al gesto es una de las bases de las sociedades y culturas de Oriente. Su valor práctico se estima que tenía relación con la perpetuación de las técnicas tal y como fueron concebidas por los antiguos. Sin embargo, esta tesis se apoya en un punto de vista excesivamente occidental para ser verosímil. Oriente, sin carecer de valores prácticos, nunca ha prestado tanta atención a este aspecto de las cosas.
Los antropólogos nos hablan de los bailes guerreros como formas gestuales de narración, en los que el cazador narra, en torno al fuego y frente a la tribu, las hazañas realizadas.
Un componente nada desdeñable de los kata es el de la coreografización; son demostraciones del poder interior del ejecutante, a partir de una referencia preestablecida, que nos permite comprender su nivel técnico. La belleza de estos movimientos suele ser la más importante propaganda de cada estilo.
La interiorización de los movimientos realizada de modo natural, conduce a los practicantes a estados de altísima concentración, con enormes niveles de energía desencadenados y, como resultado de su control, vueltos de nuevo hacia su centro en la fase final de la ejecución. Los kata son sin duda una de las más sofisticadas conquistas de las artes marciales.